eoi drassanes

Anecdotario

5ª planta: niño y zapatería

Como anécdota divertida, en el año 89, en una reunión de departamento donde debía decidir quién podía realizar tareas de coordinación, se dio el hecho de que varias profesoras expresaron no poder hacerse cargo. Resultó que cuatro de las profesoras, es decir más de la mitad, estaban embarazadas. Cuando esto se empezó a poner de manifiesto, los alumnos que subían al departamento llegaban a la 5ª planta diciendo "5ª planta: niño y zapatería".

Algunos espabilados del barrio descubrieron la manera de hacer unos duros

Antes de que el barrio se renovara

En los años 70 y 80 y hasta los primeros 90, las primeras décadas de funcionamiento de la EOI, el barrio chino (aún no era popular llamarlo el Raval) tenía mala reputación a causa del tráfico de drogas y la prostitución callejera.

El personal de limpieza había encontrado en los lavabos del centro jeringuillas utilizadas y, aunque en pocas ocasiones, incluso alguna persona sin sentido y con la jeringa clavada en el brazo.

La gente que no lo sabía, no entendía por qué todas las cucharitas de la cafetería tenían en medio un agujero perfecto hecho a máquina.

El peligro de matricularse en la EOI

En los primeros años de funcionamiento de la Escuela la matrícula sólo se podía hacer presencialmente. Las colas para conseguir una plaza se hicieron habituales ya desde el principio. Llegó un momento en que algunas personas incluso iban la noche antes de la fecha señalada para estar allí antes que nadie cuando se abriera la puerta.

La gente del barrio -bueno, algunos espabilados- descubrieron la manera de hacer unos duros (moneda de la época equivalente a tres céntimos de euro) ocupando un lugar privilegiado en la cola sin intención de matricularse para venderlo a quien sí quisiera matricularse pero, inocentemente, llegara más tarde.

Muchos años después, cuando ya se había logrado eliminar esta picaresca, se produjo un hecho inexplicable que nada tiene que ver con ganar dinero sino con la locura. Un francotirador disparó balines desde una ventana frente a la escuela contra las personas que hacían cola para matricularse. Un candidato mostró a la policía la carpeta que le salvó de una desgracia y en la que se había alojado el proyectil.

Tiempo era tiempo

A principios de la EOI, en los años 70, la matrícula se hacía cumplimentando un impreso con los datos personales y académicos. Además había que adherirle una póliza, es decir, un impuesto al estado que tenía una forma muy similar a la de un sello.

Dice la leyenda que una administrativa que atendía a un candidato, le enredó para que le mostrara la lengua y rápidamente mojó la póliza para engancharla al impreso. La leyenda dice esto pero a mí alguien me ha dicho que...

Charo Camarero. Administrativa.

A mí me gustan los hombres con unos huevos grandes

En catalán, huevos y ojos son falsos amigos para alguien que no sabe catalán. Una vez, en clase de primer curso, existía una monja vestida con hábito. Estábamos practicando cosas relacionadas con las personas, qué tipos de personas nos gustaban, etc. Como ejemplo, la monja dijo "A mí me gustan los hombres con unos huevos grandes". Evidentemente quería decir con unos "ojos muy grandes", con lo que ya podéis imaginar la situación de charlar de risa que se produjo.

¡Quizás sería bueno que abriera un departamento del idioma cristiano!

A principios de los años 70, cuando entré a trabajar en la Escuela, iba al Departamento de Alumnado (Secretaría) oa la librería para ayudar a la atención al público. Hablaba en catalán con las demás compañeras y más de una vez me dijeron: "¡hable en cristiano!". Cuando ya me lo dijeron una tercera vez, pensé que el equipo directivo debía saber que ¡quizás sería bueno que abriera un departamento del idioma "cristiano"!

Administrativa

Sí, como Bbudda, es como hijo de Dios, hijo de Bbudda

Era mi primer año como profesor de español. La mayoría de mis alumnas de A2 eran orientales o de culturas alejadas. Venía Navidad y leíamos un texto sobre tradiciones navideñas. El texto hablaba del hijo de Dios y traté de explicar bien quién era san José, la Virgen y el problema de la paternidad, con el lenguaje del nivel inicial. Un alumno no acababa de entenderlo y un compañero chino le contó: "es como Buda". Yo exclamé: "¡No, no, no, no!". Los chinos repetían "Sí, como Bbudda, es como hijo de Dios, hijo de Bbudda". Esto es lo que ellos pensaban que decían, pero yo sentía otra cosa. Aún no sabía que en chino la "b" y la "d" de "BuDa" a nosotros nos suenan "P/T".

Un bombero, una médica, una jubilada, un empleado de funeraria, un pianista de music-hall, un estudiante y un futbolista

La EOI cumple 50 años

¿Dónde podría encontrar juntos un bombero, una agente de la guardia urbana, un enfermero, una médica, un ama de casa jubilada, un empleado de funeraria, un pianista de music-hall, un estudiante de filosofía o un futbolista de segunda división? En una misma clase de la EOI- Drassanes., al menos en los años setenta y ochenta del siglo pasado.

Los bomberos y la médica me hicieron descubrir un aparato, ellos llamaban un "búsqueda", que les avisaba en caso de una emergencia. Y esto era mucho antes de que existieran los móviles. Al resto de la clase nos parecía algo de ciencia ficción.

Y de sorpresas teníamos cada día. Una vez, una alumna compareció en clase vestida de guardia urbana, y al ser tiempo de disfraces, la felicité por la elección tan realista. Y entonces descubrí que aquello no era un disfraz, sino que era su uniforme de trabajo y ese día no había tenido tiempo de cambiarse.

También me hizo gracia que un día, para practicar instrucciones en inglés, hicimos un concurso de atar porros (lo hicimos con tabaco de pata) y lo ganó un alumno que era inspector de policía. Quizás tenía experiencia.

Otro día de improviso se presentó en clase el cantante folk Pete Seeger e dio la clase él con su guitarra. La gente quedó asombrada, porque poco antes habíamos empleado una de sus canciones. No fue el único visitante importante. También pasaban por la Escuela parte de los ballets y corazones soviéticos que actuaban en Barcelona. Querían saber la dirección de un sitio para comprar ropa que les habían recomendado. Yo les hablaba de los grandes almacenes, pero ellas lo que querían era saber cómo encontrar las paradas de ropa que había en torno al mercado de Sant Antoni.

Matricularse en la Escuela era una odisea. Podéis reír de las que hace hoy en día la juventud para ir a ver conciertos en el Palau de Sant Jordi. Hasta dos días los había que esperaban en el solar de detrás de la Escuela, donde ahora hay un parque de bomberos y una zona verde, Y allí hacían los ensayos la Fura dels Baus, un espectáculo y una distracción para el alumnado que tenía las aulas en la parte trasera. (hoy esa parte de la Escuela está ocupada por los Departamentos).

A medida que iba avanzando la tecnología, nos encontrábamos con nuevas oportunidades. A veces ponía vídeos sin sonido y los miembros de la clase debían imaginar los diálogos. ¿Y cómo lo hacíamos si teníamos alumnos con discapacidad visual? Pues con experimentos, uno de los cuales era que una parte de la clase veía el vídeo y la otra se ponía detrás del magnetoscopio y debía adivinar lo que sucedía. Y a veces no nos quedaba más remedio que dar la clase a oscuras, porque nos quedábamos sin luz. Otros teníamos que abandonar el edificio porque había un aviso de bomba. Si esto ocurría al comienzo de la clase, nos íbamos a algún bar de la calle Nou de la Rambla a terminarla.

Hace cuarenta años no teníamos una sala de reuniones para el alumnado. El centro de encuentro era el bar, cuyo alma era Ramón, el encargado. Él lo sabía todo y solucionaba muchos problemas. Incluso Pasqual Maragall, que antes de alcalde había dado clases en nuestro edificio, cuando era la facultad de Económicas de la nueva Universidad Autónoma, me pidió por él un día que nos recibió.

Por aquel entonces hacíamos unos exámenes de Aptitud Pedagógica, donde se apuntaban muchos profesores nativos de academias, necesidades de algún certificado para trabajar e incluso para tener el permiso de residencia. Recuerdo un día que uno de esos profesores me pidió algo relacionado con los exámenes y cuando yo le respondí, en inglés (eso es lo que yo creía) me dijo "Sorry, I don´t understand Catalan". Al parecer no estaba acostumbrado a mi acento mallorquín. Me hizo sentir humilde, pero no humillado. Al día siguiente él estaba sentado en el aula donde yo le examinaba. No entendían muchos de esos profesores que nuestra tarea no era formar espías con un acento nativo, sino gente que pudiera defenderse con solvencia. Y de hecho, algunos de mis alumnos hablaban con un mejor acento que el mío, aunque con carencias lingüísticas de otro tipo.

Al principio, las clases eran de una hora cuatro días a la semana, lo que permitía una gran compenetración entre el alumnado, la mayor parte del cual era joven aunque también había gente de más de setenta años. Y allí viví las dos caras del enamoramiento. Gente que se conoció en el aula, que se casaron y todavía viven juntos, y otros que dejaban las clases por no encontrarse con la persona de la que se habían desenamorado.

Muchas de las cosas que hacíamos y decíamos por aquel entonces hoy en día serían consideradas incorrectas o incluso punibles. Un día una alumna de unos cuarenta años vino a clase toda acicalada con una actitud seductora. Le dije, sin malicia, "hoy haría lo que quisieras" y me contestó "Pues, mira, trabajo para una aseguradora, ¿me quieres suscribir una póliza?" No tuve alternativa después de lo que había dicho, así que tuve que hacerme un seguro. Pero todo era muy inocente. Porque nos teníamos confianza.

Dos cosas que también han desaparecido de la Escuela, y supongo que esto nos conviene a todos, son el hecho de que la gente fumaba en clase, aunque esto duró poco, y que en el bar había un buen surtido de bebidas alcohólicas.

¿Un mundo mejor? De ninguna forma. Eso sí, era un buen profesorado, entregado en el trabajo, con pocas excepciones, porque el alumnado también lo estaba y eso nos animaba a hacer el trabajo lo mejor posible. Cincuenta años después, el perfil de docentes y aprendices ha cambiado pero creo que en un momento en el que casi ya no quedan cines y que la gente se reúne dentro de burbujas pequeñas o de forma virtual, la Escuela sigue siendo un lugar de reencuentro de personas muy variadas. ¡Por muchos años!

Jeroni Sureda

Una señora apuesto, seria, que nos impresionó a ambos. Era Señora Teresa Juvé

¿Cómo hicimos hacia la Escuela? Vicente Bernat y yo. Primavera de 1972. Patio de letras. Último año de Filología hispánica.

Un día de primavera, Isabel, una chica que conocíamos de vista, se nos acercó y nos preguntó si sabíamos hablar francés... Parecía que cerca de la Universidad se abría una Escuela oficial de idiomas y buscaban profesorado. Por la tarde, sin prisas nos llegamos. Nos acogió a la Jefa del Departamento de Francés. Una señora apuesto, seria, que nos impresionó a ambos. Era Señora Teresa Juvé. Lo cierto es que nos hizo una entrevista que resultó favorable. ¡Podríamos obtener nuestro primer trabajo! Aquel año, sin embargo, era obligatoria Tesina. Vicente, que trabajó sobre Miguel Delibes, la presentaba a final de curso y podría incorporarse al Departamento a principios de septiembre. Yo, que vagaba con los personajes dotados de un 6º sentido en las obras de Antonio Buero Vallejo, no la tenía lista, pero se me concedió una prórroga. Había que espabilar para llevar a cabo una tarea que quizás me abriría las puertas de la EOI. ¡Quién sabe!

Y así fue. Me pasé el verano trabajando duro, con mi Olympia portátil, arriba y abajo, ya principios de septiembre pude presentar mi trabajo de fin de carrera.

Unos días después obtenía un contrato por horas, en la Escuela. Me quedé 33 años. Señora Juvé seguía impactándome. Hoy, mi directora, decana de las letras catalanas que ha cumplido 101 años, todavía me impresiona y me despierta admiración. Acaba de publicar la novela policíaca: Muertes al pie del Real Alcázar.

MM. Canillo, 23 de marzo de 2022
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